Suaves
oleadas de viento alborotaban las débiles ramas del solitario árbol que
vigilaba la aun sombría plazoleta. Las hojas volaban llevadas por el viento y
cuando estaban a pocos centímetros de tocar suelo eran obligadas a alzar vuelo
por una nueva ventisca. Las
hojas susurraban tristes porque el viento las alejaba de la tierra que añoraban
tocar para poder dormir en el lugar que les dio la vida, volver allí para
descansar, ser parte de la tierra otra vez y vivir una vez más un nuevo ciclo.
Aquellos tristes susurros estremecían a una joven muchacha que observaba el
luchar de las hojas contra el viento, aunque para ella parecía más una danza
que una lucha. No había pasado la noche en aquella plazoleta, provista de pocos
espacios verdes, rodeada de palmeras y apenas un árbol, sólo llevaba media hora
observando como el viento despojaba de sus ropas al solitario tronco. El
por qué estaba allí era un misterio para sí misma.
Minutos atrás dormía tranquilamente en su habitación, pero de pronto la
oscuridad en que estaba sumida su mente comenzó a tomar color. Abrió los ojos
sobresaltada, con el corazón agitado en una mezcla de alegría y tristeza.
Intentó recordar y revivir el sueño que la habían dejado con tan
contradictorios sentimientos, pero en su cabeza no había más que un color y una
voz familiar que decía “te extraño”, tampoco podía recordar de quien era esa
grave pero dulce voz. Faltaba poco para el amanecer y al no poder volver a
dormir decidió levantarse más temprano de lo común. Llegó a la cocina pero no
tenía ganas de desayunar aun, se asomó a la puerta para ver cuando comenzara a
aclarar. A mitad de la calle donde vivía se encontraba la plazoleta y un
conocido y fuerte impulso la llevó a caminar hacia allá. Muchas mañanas había tenido
ganas de ir hasta ese lugar y sentarse a ver como amanecía mientras las aves
despertaban y empezaban a entonar alegres melodías, pero el tiempo para ella
siempre era corto y tenía demasiadas cosas por hacer. Ese día siguió el impulso
que tantas veces se negó, algo le decía que era importante estar allí, aunque
no sabía qué. No sabía que nuestro corazón y nuestra alma nos hablan, y solo
basta un poco de atención para oír y entender sus avisos.
El alba regalaba las primeras luces del día y la muchacha alzó la vista
para encontrarse con el azul pálido que pintaba el cielo en esos momentos, notó
que aquel era el mismo color que inundaba su sueño. Su corazón comenzó a latir
con más fuerza, al son de la silenciosa melodía del destino, sólo debía esperar.
Pero un extraño sonido, fuera de lugar, perturbó la paz que se instalaba en su
interior evitando que su alma aflorara para entregar el mensaje que tantas
veces había intentado dar. La alarma del celular le indicó que era hora de
volver a casa, que sus padres pronto se levantarían. Sintió un fuerte dolor en
alguna parte de su ser cuando se levantaba, un dolor extraño. Sus ojos se
aguaron sin querer al ella ignorar aquel reclamo de su alma. No podía retrasar
su rutina, en su mundo no había tiempo para presentimientos, menos para buscar
sueños que no recordaba.
Un par de hojas lograron su propósito, llegaron a tierra, por fin
descansarían en la cuna que los vio nacer. Sólo unos segundos después crujieron
bajo las zapatillas de un cansado muchacho. Él todas las mañanas salía a correr
para relajarse y olvidar por una hora el estresante mundo en el que vivía.
Necesitaba tiempo para sí mismo. Sin saber por qué, siempre llegaba a la misma
plazoleta. Siempre se detenía frente al árbol que ahora se despedía de sus
hojas. Le ofrecía un poco de agua de la botella que llevaba para beber él.
Luego cerraba los ojos, respiraba pausadamente y se quedaba esperando. Sabía
que algo sucedería allí en algún momento, lo sabía. Pero como cada día, los
segundos, los minutos pasaron y una tristeza llenó su alma. Antes que fuera
demasiado doloroso, él abandonó la plazoleta.
Ella vivía de la “realidad” por lo que los deseos de mirar hacia el
solitario árbol fueron ahogados con la obligación de leer el texto que llevaba
en sus manos, mientras iba sentada en el asiento trasero del auto de su padre.
Estaba tan acostumbrada a ignorar a su corazón que él perdía fuerzas, su voz se
hacía más débil mientras trataba de decir que su otra mitad estaba ahí fuera
buscándola.
El azul pálido cambió
transformándose en una nueva mañana mientras dos almas que se buscaban, se
alejaban sin saber lo cerca que habían estado la una de la otra. Tal vez el alba
siguiente los hiciera reencontrarse o quizás aquella muchacha no lograra oír lo
que su alma y corazón gritaban, por lo que el reencuentro tuviera que esperar
hasta el próximo ciclo, hasta sus próximas vidas.
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